En Toledo, en muchas de sus calles como el Callejón del Infierno o el Callejón del Diablo, se cuentan historias que diferencian a hechiceras y brujas. Las primeras eran mujeres de manos sabias, conocedoras de plantas y raíces. Preparaban ungüentos para aliviar dolores, pócimas para sanar quemaduras o acompañar embarazos difíciles, y hasta filtros de amor que se consultaban lanzando habas, huesos o cartas. Su mundo era más rural, más ligado a la tierra.
Las brujas, en cambio, nacían
de esas mismas hechiceras cuando, según se decía, firmaban un pacto oscuro.
Entonces sus poderes crecían: podían desatar tormentas, arruinar cosechas,
envenenar pozos o tramar conjuros que inquietaban a la ciudad. La Inquisición
lo sabía bien y distinguía entre unas y otras, persiguiéndolas hasta las cuevas
donde se ocultaban, como las enigmáticas Cuevas de Hércules.
Aunque todo aquello se
desvaneció a finales del siglo XVII, aún hoy, en pleno siglo XXI, sobreviven
pequeños gestos heredados de aquellas creencias: la manzanilla para los ojos,
el pepino para las ojeras, el barro para la picadura de una avispa. En el fondo,
quizá no hemos dejado de caminar entre supersticiones mientras recorremos las
mismas calles estrechas donde un día se llevaban a cabo estas prácticas.
En mi blog puedes ver más
fotos de estos rincones de Toledo donde aquellas hechiceras y brujas tejían sus
secretos.
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